martes, 15 de enero de 2019

Del Juego de Ender al fanatismo anti-LGBT: Conociendo a Orson Scott Card

Veo que se está preparando una nueva edición de "El juego de Ender", que irá acompañada de la reedición de sus secuelas, secuelas y demás subproductos; no es una sorpresa, porque a pesar de la calidad ínfima de casi toda su obra, Card es uno de estos autores que suenan, gustan y siempre tienen sitio en la agenda editorial.

Para cualquiera que lea todas estas novelas que rodean "El juego de Ender" creo que puede resultar mas o menos evidente que la única merecedora de relectura es la obra central. Si la relectura la emprendemos de adultos - habiéndolo leído, quizás, de adolescentes - algunos temas pueden resultar una sorpresa: el militarismo, la poca (o ninguna) credibilidad de los personajes, la vacuidad de la historia; entretiene, eso sí. El resto de novelas de esta saga - explorando la vida de sus hermanos, o su pasado, o su futuro - es CF mediocre en el mejor de los casos, que se limita a aprovechar el tirón del nombre de este niño manipulado para convertirse en genocida.

Si probamos otras series, buscando el por qué del encumbramiento del autor, ¿se resuelve el misterio? Probemos con la de Alvin Maker. El primer libro, "Alvin: el séptimo hijo", más de lo mismo: entretenido, sin más. El resto de la serie se deja leer, quizás es más equilibrada que la de Ender. No diría que sea una obra cumbre, pero es que tampoco lo diría de Ender y así se la considera. En esta línea de entretenimiento sin pretensiones llegamos a las dos novelas que, para mí, son lo mejor de su producción: "Un planeta llamado Traición" y "Esperanza del venado". El primero, CF de aventuras en un entorno cuasi fantástico; el segundo fantasía atípica. El esquema parece ser siempre el mismo en todos los casos: héroes adolescentes que emprenden viajes iniciáticos y resuelven los problemas de todo el mundo. No es el paradigma de la originalidad.
A partir de aquí, de estos cuatro títulos (Ender, Alvin, Traición y Venado)... ¿Qué más ha hecho Card? Es como Dean Koontz: suena. Se edita. Vende. Igual que Koontz, es un caso extraño en el que un puñado de libros aceptables han dado pie a una larga carrera de mediocridades que llevan décadas presentes en las estanterías. Otros mejores que ellos han quedado por el camino. Quién sabe por qué.

Lo que expondré a continuación puede hacer sospechar de un sesgo importante; no lo negaré. Existe. También es cierto que ya las consideraba así mucho antes de conocer las posiciones políticas del autor; puesto que, desde que las conocí, nunca le he comprado un solo libro más.

Ahora que Jemisin está en boca de todos por su extraordinaria trilogía de "La tierra rota" y conceptos como la inclusión LGBTI, la violencia de género o la opresión sistémica resuenan entre el fandom, parece un buen momento para plantearse el tema de Orson Scott Card otra vez; el hombre es un homófobo. Y no cualquier homófobo: uno militante, activo, vocal. Y nada comedido. Veamos algunos ejemplos:


Laws against homosexual behavior should remain on the books, not to be indiscriminately enforced against anyone who happens to be caught violating them, but to be used when necessary to send a clear message that those who flagrantly violate society’s regulation of sexual behavior cannot be permitted to remain as acceptable, equal citizens within that society.

Más claro, agua: la sociedad debe castigar a aquellos que se desvíen del comportamiento sexual normal; no son - según Card - ciudadanos aceptables, normales, iguales. Se debe mandar un mensaje: si eres gay, la ley debe actuar para ponerte en tu sitio. 

If the Church has no the authority to tell its members that they may not engage in homosexual practices, then it has no authority at all. And if we accept the argument of the hypocrites of homosexuality that their sin is not a sin, we have destroyed ourselves.”

La primera parte tiene su interés; me parece bien que la iglesia no tenga ninguna autoridad. La segunda es peligrosa: "la homosexualidad es un pecado". Y la iglesia debe reforzar esta idea. Ergo, mortificar a todos aquellos LBGTI que, desgraciadamente, crecen en un entorno religioso; le falta proponer alguna terapia para reconvertirnos. 

The dark secret of homosexual society — the one that dares not speak its name — is how many homosexuals first entered into that world through a disturbing seduction or rape or molestation or abuse, and how many of them yearn to get out of the homosexual community and live normally.

There is a myth that homosexuals are ‘born that way,’ and we are pounded with this idea so thoroughly that many people think that somebody, somewhere, must have proved it.”

La guinda del pastel. El clásico. El HOMOSEXUALISMO. Una conducta adquirida tras el trauma, que se perpetúa mediante el trauma. Este amigo que tantos de los de su cuerda tienen, gay, pero esforzándose en rectificar su perversión. Todos conocemos este amigo. Es el mismo que la gente de derechas invoca cuando se le recriminan sus fobias: "eh, que yo no tengo nada en contra, eh? que de hecho tengo muchos amigos que lo son". Es un ser mitológico. 

No matter how sexually attracted a man might be toward other men, or a woman toward other women, and no matter how close the bonds of affection and friendship might be within same-sex couples, there is no act of court or Congress that can make these relationships the same as the coupling between a man and a woman.”

Regardless of law, marriage has only one definition, and any government that attempts to change it is my mortal enemy. I will act to destroy that government and bring it down.

Legalizing gay marriage is not about making it possible for gay people to become couples. It’s about giving the Left the power to force anti-religious values on our children. Once they legalize gay marriage, it will be the bludgeon they use to make sure that it becomes illegal to teach traditional values in the schools.

La biblia dice que el matrimonio es entre hombre y mujer: la ley lo certifica, y lo debe imponer. Y esta idea debe ir por encima de cualquier otra consideración, cualquier intento de promover la igualdad entre individuos. Los derechos individuales no importan: este párrafo, en este libro escrito hace dos mil años, compilado a conveniencia, debe prevalecer. Y Card actuará para destruir cualquier gobierno que intente atemptar contra este concepto sagrado. 
Que yo sepa, el autor aún no ha atacado la Casa Blanca, pero igual no ha tenido tiempo aún entre libro y libro. Aunque haya la tentación de desestimar esta barbaridad como un síntoma de diarrea verbal, tampoco hay que subestimar el peligro de declaraciones así cuando vienen de gente con cierto peso público que se mueven en un contexto donde el fanatismo está a la orden del día. 

Las opiniones de Card respecto a este y otros temas - declaraciones por ejemplo que parecen expresar sorpresa ante el hecho que el presidente Obama "se expresara como un hombre blanco" - nos plantean un viejo tema de debate: ¿Hasta qué punto puede o debe importarnos la ideología de un autor de ficción? 

Bien, es un debate interesante. De entrada, creo que no debería importarnos. Soy de los que se llevan las manos a la cabeza cuando oye que en cierta escuela se ha prohibido "Las aventuras de Huckleberry Finn". Dentro de la literatura de género, hay muchos autores reprobables en este sentido. El mismo Lovecraft era racista; Tolkien o Lewis, cristianos; en sus obras se percibe la influencia de estas ideologías. Los relatos de HPL supuran miedo, odio, desconfianza y desdén hacia cualquiera que no sea un blanco anglosajón. Los de Lewis se pueden leer como una alegoría cristiana.
Card es algo distinto. Estos tres nacieron en el siglo XIX. Card, a mediados del XX. Durante su infancia y toda su edad adulta HPL vivió entre un virulento racismo. Card llegó a la adolescencia durante los sesenta; en el 69, durante los altercados de Stonewall - nacimiento del movimiento activista LGBTI - ya contaba 18 años. Card vivió como espectador la epidemia del VIH de los ochenta. Card no tiene la excusa del espíritu de los tiempos. Card no es un mero espectador pasivo; estas declaraciones no son una opinión que un periodista le arranca a regañadientes tras preguntar por un tema delicado. Son declaraciones públicas, en conferencias, artículos y ensayos. Son declaraciones militantes: de alguien convencido de que no solo lo que dice es cierto, sino que debe luchar e implicarse para conseguir que gente como yo sea un ciudadano de segunda. ¿Qué hacer ante estos casos? Al final todo se reduce a lo mismo: cuán de cerca te toque el tema. 

La única intención de este artículo - a parte de esta reflexión retórica: "¿Qué le ve la gente a la obra de este hombre que justifique su estatus?"- es dar a conocer la realidad que esconde su firma. 
No soy partidario de censurar nada. No soy partidario de los trigger warnings. Sí creo que uno debe disponer de toda la información posible, en todo momento, incluso ante un hecho tan simple como ir y comprar un libro. Así, cuando veo que se reedita la obra del señor Card, o que se publicita algún nuevo título, puedo valorar si quiero o no apoyar con mi compra la carrera de alguien así. Es mi decisión personal; en este caso, es mi pequeño gesto, mi pequeño grano de arena, acompañado de esta denuncia. Aunque pueda parecer que tenemos los derechos ganados, nunca se debe olvidar que ningún derecho adquirido es permanente: siempre estará bajo asedio. Siempre requerirá que lo defendamos, de gente como Card. Es importante recordarlo ahora, cuando en este país está subiendo un partido que defiende la abolición del matrimonio igualitario; cuando en una semana ha habido dos agresiones homófobas en Barcelona. 

martes, 18 de diciembre de 2018

Malaz: una opinión libre de spoilers.

El pasado mes de noviembre un auténtico alud de novedades destruyó completamente cualquier ilusión que uno podía tener de mantenerse dentro de un presupuesto razonable. ¿Se habrían puesto de acuerdo las editoriales de lo fantástico para arruinarnos a todos? Ediciones orgásmicas de un clásico de Neil Gaiman; libros sobre Poniente que nadie había pedido y todos celebramos; una historia sobre un pescador, otra sobre un par de niñas perdidas en un mundo siniestro. Un Emperador Goblin que no sé si es Y.A. porque languidece aún en la pila. Ciencia ficción de un tal Tchaikovsky que, a primera vista, se parece un poco a "Cánticos de la lejana tierra" de Clarke, pero que seguramente no tiene nada que ver.
Y, por supuesto, la novena entrega de "Malaz, el libro de los caídos".

Faltándome como me falta la mínima contención - y más cuando se trata de libros - compré estos y otros tomos, amén de varios cómics y manga. Y leí bastantes de ellos antes de, finalmente, decidirme a coger este volúmen mastodóntico, "Polvo de Sueños", que me entretendría durante un par de semanas.
¡Y cómo me entretuvo!
Más de lo esperado, de hecho. En parte, porque con Steven Erikson uno, si algo hace, es entretenerse. Qué descripciones. Qué batallas. Malaz es un portento de imaginación y pirotecnia fantasticofestiva. Duelos, dioses, lagartos gigantes con o sin cola, dragones, magos; algunas escenas de este libro son, además, de las mejores de la saga: a la llegada de cierto ser oscuro me remito como ejemplo. Y es entretenido, también, intentar recordar qué personajes vienen de dónde y de hacer qué; procurar atar cabos para dar sentido a lo que parece - ¡solo parece! - un galimatías. Para mi es imprescindible recurrir a la wiki malazana varias veces durante la lectura. Es algo bastante singular, tan embrollado que convierte en risibles los complicados árboles genealógicos de las casas enredadas en el juego de tronos.

Por si no tenía bastante con este entretenimiento intrínseco, la edición que tenía entre manos me proporcionó otro: erratas. En los nombres, mas que nada. ¿Cage o Jaula? ¿Bilis o Hiel? Un personaje podía llamarse de un modo u otro al pasar la página. ¿Podría ser esta tal Sinter la misma que, más adelante, llamaban Toba? ¿Era Held el hermano gemelo de Contenido?
Al principio me lo tomé a guasa: son más de mil páginas. Algún error puede haberse colado.
Después, empecé a molestarme. A cada error que encontraba me subía la tensión. Al llegar al punto de ebullición, escribí un hilo de tuits que, inesperadamente, la editorial - y unos cuantos fans - llegó a leer. ¿Era para tanto? 
Sinceramente, sí. Igual los modos no fueron los mejores: el comedimiento, ya se ve, no es lo mío. Ni el optimismo. Ni la candidez. Ni la paciencia, ya puestos. Me había gastado 35€ en un producto imperfecto. La realidad, cuando hablamos del mundo editorial - pasando del romanticismo - es la misma de cualquier mercado: cubrir una demanda ofreciendo un producto. A poder ser, uno con un margen de beneficio interesante. Y también funciona a la inversa: puedo decir que "compro una historia, una aventura, una experiencia".... pero la realidad es que compro un producto, pago por ello, y también tengo mis expectativas. Hasta aquí, bien: si la editorial no hace negocio, no publica, y mi yo bibliófilo muere de pena. El problema llega cuándo se decide dónde y cómo se recorta o se amplía para determinar este margen. Con Malaz - y con todo el sello Nova - queremos portadas espectaculares: buena encuadernación, gran presentación. Esto tiene un precio. Queremos una buena traducción; seguimos sumando. Pero una traducción se tiene que corregir, se tiene que revisar. Hay que comprobar que todo encaja: muy especialmente en sagas como la presente, tan largas, tan enrevesadas, con tantos nombres, escritas por alguien con tanta afición a la prosa púrpura. Y aquí, en este tomo en concreto, en este "Polvo de sueños"... Nova decidió dormirse en los laureles. 
Vale, es una expresión injusta aplicada a un proceso que de seguro tuvo que ser estresante para todos los implicados, pero no he podido resistirme.
Lo que hizo Nova fue saltarse este último - o penúltimo, o el que sea - paso y el resultado es el que es. Y mi indignación saltó a twitter, donde mis escasísimos seguidores pudieron leerla; y entre ellos resulta que estaba El Caballero del Árbol Sonriente, nada menos que el prologuista de la obra - y en su escrito, por cierto, no solo no había errores sino un acierto tras otro -. Y la propia Nova. Y Nova se disculpó. Y la mandé a freír espárragos. Por aquello de la contención y el comedimiento.
Pasada la indignación - mas o menos tras finalizar el libro - empecé a calmarme y a creer en la buena fe de los implicados: quizás no en la de Ediciones B, esta hidra sin alma, pero en la del traductor, en la de los responsables del sello, en la de los community managers. Y volví a ilusionarme con la perspectiva de ver terminada la saga de su mano. Y acepté las disculpas y me creí - y me digo que sigo creyendo - que no se repetirá el error.

Ahora bien: volviendo al tema central de esta diatriba, me encontré con que ya no podía contentarme con esperar. ¿Cuándo publicaría Nova "The Crippled God", décima y última parte de esta larguísima obra? A saber. ¿Mediados del diecinueve? ¿Finales? Quizás incluso más tarde. No, el final de "Polvo de sueños" era intrigante; demasiado como para esperar.
Así que decidí ir a por el material original. Sin traducir. Han pasado los años, y aquellos tiempos en los que, si no se traducía, un libro me estaba vetado han quedado muy atrás. Sigo prefiriendo comprar la versión traducida: mi fluidez no es suficiente como para confiar en que pillaré todas las sutilezas, ni para hacer que me sienta cómodo del todo más allá del catalán y el castellano. Pero basta y sobra para leer, entender y apreciar la mayoría de novelas. Busqué, encontré y compré "The Crippled God" en una de estas ediciones de bolsillo de papel grisáceo, compactas y baratas de Tor. Cuando salga en castellano, lo compraré de nuevo, para leer por segunda vez los diez de un tirón.

Y así, ahora puedo escribir esto habiendo terminado, por fin, esta epopeya. Han pasado casi veinte años desde que Timo Mas editó "Los jardines de la luna" en dos volúmenes, fiel a su picaresca marca de la casa, con unas cubiertas horribles. No vendieron nada y, en otra vieja y establecida tradición, canceló la serie. Años más tarde, en 2004, otra editorial digamos que problemática parece que adquirió los derechos: La Factoría retomó la labor y empezó de nuevo con "Los jardines de la luna" ahora correctamente publicados en un solo tomo y con una portada atractiva. Le siguieron seis tomos más, hasta "La tempestad del segador", momento en que La Factoría quebró (para gran sorpresa de todo el mundo) y dejó desamparados a muchos.
Los Malazanos desesperamos por un tiempo, ante nosotros parecía extenderse este erial, este cementerio de elefantes donde van a morir las grandes novelas cuando las editoriales las hieren de muerte. Malaz yacería al lado de la trilogía de Mark Lawrence; cerca de la pentalogía de Abraham. Junto a las muchas que La Factoría dejaba inconclusas: a un paso de la fosa común abarrotada que eran los descartes de Timun y Minotauro. Ya casi nos conformábamos con ello, de tan acostumbrados estamos los lectores del género a putadas similares.

Entonces llegó Nova, y salvó el día.

Y ahora, tanto tiempo después, he terminado. Ha sido un viaje que ríete del de Coltaine. Avanzar tres pasos para retroceder dos; bendecir los cielos para al cabo retorcerse entre la miseria. Vivir grandes momentos y momentos terribles: ser testigo de la épica más grande que ha visto la fantasía desde el Silmarillion y de los textos más incomprensibles desde el apogeo del New Weird.

Esto es una diatriba que va un poco a la deriva: es un epílogo personal. No es una reseña. No contiene spoilers: solo muchas preguntas y un par de reflexiones. Y la primera es: ¿Me ha gustado? 

Sí. Sí, Malaz me entusiasma. No sé si todo el mundo puede o podrá decir lo mismo. Empecé Malaz en un momento en que estaba harto de fantasía modesta. Fantasía donde todo dejaba paso a lo mundano. ¿Los elfos? Retirándose. ¿La magia? huy, en remisión. ¿Los grandes imperios? Ah, cosa del pasado. ¿Las grandes batallas, la épica en mayúsculas? bueno, dosificada. La Fantasía era crepuscular. Casi siempre. Sigue siéndolo, de hecho. El Grimdark al fin y al cabo - y quede claro que adoro el Grimdark - es algo así como una evolución sobre esta idea: es fantasía realista, luego, menos fantástica.
En este contexto Malaz era refrescante. Era exuberancia. Desbordaba. Literalmente desbordaba al lector. Erikson te daba una patada que te mandaba, en el primer capítulo de "Los jardines de la luna", enmedio de algo que ya estaba en marcha y de lo que no entendías ni papa. Sin ninguna concesión. Y te dejaba a tu aire mientras escribía y escribía sobre lo que le parecía, y ordenaba los hechos como le apetecía, y saltaba de un continente a otro como un dios enloquecido, y bordaba diálogos delirantes, y atribuía a todos - soldados, eruditos y marinos - un ingenio y un saber que parecía poco creíble y que uno aprendía a amar. Y creaba, creaba y creaba a más y más personajes, a cada cual más ambiguo, más tortuoso. ¿Tolkien dedicó páginas enteras a describir el origen de hasta la última rama en los bosques de sus Ents? Erikson no se quedó a la zaga añadiendo a la trama los puntos de vista de un millón de personajes. Y tantos grandes momentos. Las batallas de dioses y demonios en las calles de Darujhistan. La travesía de Coltaine. El asedio a Coral. Y... y otros muchos, de una grandeza, de una épica sin igual, que no puedo mencionar porque he prometido no soltar spoilers. Pero puedo hablar de conceptos: de las razas ancestrales y de sus tragedias, de esta cosmología enrevesada, de una cronología tan abismalmente larga que asomarse da auténtica sensación de profundidad histórica. De ideas tan originales como la naturaleza de Dragnipur o el ritual de Tellann; de personajes tan potentes como Anomander, tan fascinantes como Kallor, tan intrigantes como Ben. Sin decir por qué son tan grandes, y dejar que cada uno lo descubra a su ritmo.

A lo largo de diez libros - y en pro de la brevedad omitiremos de momento a la saga hermana de Esslemont - hemos asistido pues a toda clase de batallas, conspiraciones, a los planes de dioses que juegan con mortales y mortales que juegan con los dioses. A lo largo de diez libros, Erikson ha dejado caer tanto sobre el complicadísimo pasado del mundo de Malaz que, recogiendo las sobras, podría escribir veinte libros más. Hemos asistido al nacimiento, crecimiento, maduración y muerte de muchas tramas, cualquiera de ellas con suficiente entidad para justificar una serie propia.
Y ahora que he terminado, y sé que me ha gustado, me pregunto otra cosa: ¿cuál era el propósito de Erikson? 

Ciertamente, no parece una saga del todo coherente. No todo encaja. No termino el décimo libro recordando aquel pequeño detalle del tercero, aquella insinuación del séptimo, aquella revelación en el primero que ahora, al fin, tiene sentido. Igual sí me sentiré así tras la relectura que planeo, pero dudo que llegue a una satisfacción total en este sentido. El problema, con Erikson, es que se gusta tanto cuando escribe que se olvida de tener sentido. Se pierde, literalmente, en sus largos monólogos internos de personajes que se flagelan sin parar. Su explosiva imaginación le lleva a regurgitar datos y más datos, bellas escenas del pasado, intrigantes promesas para el futuro, curiosas insinuaciones que, al leerlas, suenan bien. Después de leerlas, si te paras e intentas encajarlas, a menudo te encuentras con que no puedes. Son demasiado vagas, o demasiado incongruentes. O, frecuentemente, terriblemente frustrantes porque no parecen llevar a ninguna parte. Hay tantos, tantos personajes en estos diez libros que, al final, siguen siendo un enigma; tantos, que tras diez libros, aún no entiendes. Tantos momentos, tantas decisiones, tantas jugadas por parte de ascendentes y mortales que no parecen tener razón de ser. ¿Qué podemos hacer con todo ello? ¿Podemos pensar que existe un hilo central del primer al último tomo, y que si a veces parece interrumpido, es porque no prestamos suficiente atención?
Malaz ha sido un desafío a todo lo que creía saber sobre cómo tiene que ser una novela, cómo tiene que estructurarse una saga y sobretodo, cómo construir con éxito a un plantel de personajes tan extenso como el que comentaba.
Erickson ignora alegremente la mayoría de mis preconcepciones. En sus diálogos no parece importarle el realismo; le trae sin cuidado el trasfondo de un personaje y cómo pueda afectar su modo de expresarse. Bajo la pluma de Erickson, un marino criado en los arrabales de ciudad Malaz hablará como si hubiera crecido leyendo a Wodehouse. Y gracias a ello tenemos las maravillosas divagaciones de Kruppe o los diálogos entre Tehol y Bicho.
En Malaz, los héroes serán filósofos: sufrirán el mal del existencialismo y mientras caminan, con el poder de arrasar continentes enteros en las manos, se preguntarán en largos monólogos internos por su  torturada naturaleza, por las cadenas que les atan a destinos que nunca pidieron. Hay seguramente un punto de Moorcock en todo esto; al fin y al cabo, los paralelismos entre Anomander Rake y Elric de Melniboné son bastante evidentes. Erickson, simplemente, lo lleva mucho más lejos.
El personaje Malazano típico es el soldado: la gran mayoría de POV son de soldados que se ven arrastrados arriba y abajo sin llegar nunca a saber exactamente por qué. No importa; llegado el momento, harán lo necesario. Pero hasta que llegue este instante, se dedicarán a la picaresca. Juegos, pequeñas estafas, flirteos ingeniosos o algo bastos según el caso; sin demasiada maldad. Sin juzgar. La amoralidad es la norma: el soldado honrado que mata de cara convive con el asesino que apuñala por la espalda, y bromean al respecto sin pudor. En esto, Malaz me recuerda un poco al mundo de los superhéroes, a Marvel o DC. Según el guionista - en este caso, según le pique a Erickson - incluso el cocinero del pelotón puede derribar a un dragón, y todos se pelean y hacen grandes demostraciones de fuerza sin demasiadas consecuencias.
El problema de tener a tantos personajes y de querer darles a todos tantas páginas es que inevitablemente muchos de los mejores acaban quedando fuera cuando una trama - o en este caso, la saga entera - llega a su fin: y nos quedamos con la incógnita de si tal o cual individuo habrá superado su ordalía personal, o si habrá logrado su venganza, o siquiera si sigue vivo.

Algo nos contarán en las precuelas o secuelas que ya están en marcha. Otras cosas, sospecho, no las aclararemos nunca. A saber como habría sido Malaz si Erikson hubiera planteado su mitología y su trama de otro modo, más ordenado. Si hubiera escrito estos libros sabiendo exactamente donde quería ir a parar. Sospecho que no fue el caso: que su propósito era solo divertirse. Solo así encuentro sentido a tantos clímax; a tantas sendas que llevan a aparentes finales, a escenas tan grandiosas que otros habrían dosificado con mayor cuidado. Creo que a Erickson simplemente se le ocurren cosas, imagina diálogos, visualiza momentos de impacto y después viste una trama alrededor. E igual incluso afirma que no es así, que hay una razón para todo y un plan maestro: y yo no me lo creo. Creo que virtió en Malaz todo lo que le pasaba por la cabeza y le dio forma lentamente, como pudo. Y yo, que en esto soy ordenado, que soy un fanático del detalle, que quiero saberlo todo, no entiendo como puede haber funcionado. Si hubiera escrito los diez tomos de un tirón, y después los hubiera repasado y reeditado, tendríamos algo diferente; y, quizás, algo que habría muerto en el olvido, porque quizás el atractivo de Malaz está en el caos. 

Y esto es exactamente lo que tenemos que hacer con Malaz: dejarnos llevar en el caos. Aceptar lo que se nos da. Y jugar a juntar las piezas que podamos, y ver si se sostienen. Y discutir. Y visitar foros. Y entrar en wikis. ¿No es divertido? es una forma extraordinaria de implicar al lector. Malaz es como historia viva: hace falta perspectiva para entender qué está pasando, y aún con tiempo y distancia, a veces no es suficiente. Hay que ser arqueólogo: acotar el terreno, escrutar cierto párrafo que podría ser clave hasta que nos lleve a formular una teoría. Hay que ser historiador, y discutir incluso la fuente primaria que es el propio Erikson. Hay que ser un literato para descifrar la prosa púrpura y llegar al núcleo duro, y escaso, de la verdad que esconde. Y sobretodo, hay que ser aventurero, tirar sin vergüenza del tópico y decir... a disfrutar del viaje


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sábado, 16 de diciembre de 2017

Star Wars: The Last Jedi. Rebeldes para siempre.

"El infierno es repetición"
S. King 



Acabo de salir del Phenomena, Barcelona, de ver The Last Jedi. Excelente sala, inmejorable en todos los sentidos menos uno: ¡poned puñeteros posavasos!



Caminando de vuelta a casa, repaso mentalmente la peli. No es difícil: la narración es tan lineal, como la ruta de un crucero repúblicano huyendo, lento, de una flota imperial. Cuando pienso en qué sensaciones he vivido, dos conceptos acuden a mi mente: deleite y déjà vu. Contraste.
Una parte de mi quiere gritar, enfadarse y discutir en los foros. Otra quiere sentarse y verla de nuevo. Disfrutarla de nuevo.

Vamos a ver por qué. Obviamente, muchos Spoilers :)
Y empecemos primero por lo que no me ha gustado. Lo primero y más importante: repetición.

1. Hay una escena que clama al cielo, y es la visita de Rey a Kylo Ren. Es plano por plano - diálogo en el ascensor - exactamente igual a la de Luke a Vader en El Retorno del Jedi. Ante Snoke/Palpatine se le plantea a Rey/Luke el mismo dilema: quieren salvar al corrompido Kylo/Vader, han llegado convenidos de que puede ser redimido, y Snoke/Palpatine les demuestra lo contrario. Incluso les enseña ya sea por la ventana de la sala del trono o por una pantalla cómo la flota repúblicana está siendo diezmada. "Ahí terminan tus esperanzas. Creías que me ibas a derrotar, pero soy invencible: acepta la realidad, abraza el lado oscuro y únete a mí". Y Rey/Luke rechaza. Y Snoke/Palpatine les castiga. Y sólo la traición de Kylo/Vader, matándo al que fuera su maestro, salva al héroe.

2. Seguimos repitiendo: como en Force Awakens, vemos una dualidad entre el jefe de las fuerzas imperiales, el General Hux, y la mano derecha del Líder Supremo, Kylo Ren; la misma que existía entre el Gran Moff Tarkin y Lord Vader en A New Hope. Cierto, la comparación no se sostiene más allá del vistazo superficial; Vader y Tarkin eran hombres capaces y centrados allí donde Hux y Kylo son dos criajos enrabietados. Pero la intención está allí.

3. ¿Cuantas más pelis de Star Wars van a depender de que alguien desactive un generador de escudos, transmisor o rastreador? Todos inaccesibles, y sin embargo, todos desactivados en el momento preciso.

4. Rey en la isla de Luke se adentra en una cueva dominada por el lado oscuro. Allí se enfrenta a una prueba que la enfrenta a sus miedos más profundos, en su caso, el vacío que siente allí donde debería haber estado su família. ¿Suena familiar? Luke pasó por lo mismo en el pantano de Dagobah. El mismo pantano que, cómo la isla de Luke, está lleno de vida, de rarezas, aislado y primitivo.

Hay algunos elementos más; pero estos me parecen los más importantes. ¿Por qué esta necesidad de repetir casi literalmente momentos de la trilogía clásica?
En parte lo entiendo y lo defendí en Force Awakens. Hay que introducir Star Wars a las nuevas generaciones. Hay que devolverle a Star Wars el prestigio que perdió con las precuelas. Y puede resultar interesante hacer una secuela que a la vez sea remake: avanzamos y a la vez volvemos la mirada atrás, homenajeando lo que para muchos de nosotros fue (y sigue siendo) un referente.
En aquel entonces decía, ante la crítica: "Esto es para limpiar la mesa. Borrón y cuenta nueva. Han homenajeado la saga clásica, ya han acabado con la Estrella de la Muerte 2.0, han presentado los nuevos personajes, la segunda peli será nueva de verdad". 
Y no lo es. Es, otra vez, sablear los grandes momentos de la trilogía original. Y ya no puedo decir que sea un homenaje. Ya no lo veo como un modo de despejar el ambiente. Ya no lo entiendo. Ya no hay excusa. ¿Realmente no tienen mejor modo de llamar la atención más que repitiendo lo que ya ha funcionado? La fuerza que tuvieron escenas como la muerte del Emperador no la igualan matando Snoke. ¿Cuál es entonces el propósito? Entiendo, el público objetivo ya no es aquel al que estos temas importan: pero quizás se podía hacer de un modo que permitiera ganarse a los nuevos sin ofender a los viejos.

También nos podemos hacer algunas preguntas acerca del trasfondo del conflicto que nos presenta la película. Desde la misma mítica introducción perdiéndose en el infinito nos resumen una situación que es la misma de A New Hope. La República/Rebeldes está en peligro, el Imperio/Nueva Orden la tiene acorralada, y todas las esperanzas están puestas en el viejo general Kenobi o el viejo maestro Skywalker.
Exactamente, ¿cómo gestionó sus victorias la República? ¿A qué se dedicó tras la muerte de Palpatine, a qué, tiempo después, tras la destrucción de la Starkiller? 
De acuerdo, entendemos que acabar con la cabeza del Imperio no equivale a acabar con el Imperio. Destruir su mejor arma tampoco. Pero ¿en serio han dejado que la situación se degrade tanto como para que, una vez más, la República se reduzca a un grupito de rebeldes huyendo de base en base, perseguidos por una armada muy superior? ¿En qué pensaban Leia, Luke y el resto de líderes rebeldes?
O, aún con el trasfondo, ¡qué desaprovechado el Líder Supremo Snoke! no sabemos - y no tiene pinta de que vayamos a saber - de donde viene. Qué hacía cuando Palpatine. Cómo llegó a dominar la fuerza. No sabemos cómo contactó con Kylo. No sabemos quiénes son los caballeros de Ren. ¿Serán parte de los alumnos de Luke, los que Kylo no asesinó? ¿En todo el tiempo pasado desde la infancia de Ren y su rebelión, Luke no tuvo tiempo de entrenar a nadie más? ¿Es Kylo el villano que merecemos, aunque no el que deseamos, un villano del nuevo siglo, con matices e inmadurez?

Edit. He visto que otros se quejan del Luke de The Last Jedi. Entiendo sus razones. No se parece al Luke que conocíamos. ¿Las comparto? No. El Luke de entonces era necesariamente otra persona: era joven, era idealista, estaba rodeado de amigos y se enfrentaba a una misión bastante simple, acabar con el Imperio. Simple en cuanto a fácil de sintetizar, asumir.
Tras la destrucción de la segunda Estrella de la muerte Luke tiene delante algo mucho más difícil, en realidad; es el último Jedi, con un entrenamiento muy básico e incompleto, con muy pocos referentes, que desconoce casi por completo la historia del legado que representa. Y en esto está solo. Y pasa el tiempo, y suponemos que vive otras aventuras, desengaños; que ve a amigos morir y a otros traicionarle, y madura, y cambia.
Y cuando llega el momento, decide entrenar a una nueva generación. ¿Espera quizás demasiado? Seguramente. ¿Pierde los nervios con Kylo? Totalmente. Pero recordemos quién es: es un Skywalker. Él mismo ha estado cerca del abismo, de caer al lado oscuro, de verse consumido por la ira. Su padre era Darth Vader. Su sobrino podría ser otro Darth Vader. No imagino a Yoda o a Obi Wan manejando la situación como lo hace (o no lo hace) Luke. No los imagino desenvainando, ni que sea para cambiar de idea segundos después, de pie junto a la cama. Pero Ben Kenobi y Yoda eran maestros con muchísima más experiencia, tanto vital como en los caminos del Jedi. Mucha más tratando con el lado oscuro. Luke comete un error. De consecuencias dramáticas.
Y asumir un error así - la muerte de sus alumnos, el perder a un aprendiz quién además es família - no es fácil para nadie.
Me pregunto qué clase de personaje aspiran a ver quienes se quejan de este Luke. ¿Un héroe eterno, contra viento y marea, indomable? Suena bien. En la ficción. En la vida real - y la ficción cada vez aspira a un mayor realismo - las cosas raramente funcionan así. En la fantasía esto se traduce en el auge del Grimdark. En el cine, los superhéroes recurren más a la razón que a la magia. En Star Wars significa diluir los extremos, huir del blanco y el negro y encontrar un punto medio. No me parece mal.

Sí me parece mal la extrema dispersión de la carga protagónica que vemos en The Last Jedi. Hay muchos personajes, y me parece que muy pocos o ninguno presentan una evolución creíble o un papel digno. Desde luego no Chewbacca, que apenas tiene un par de escenas sin importancia. Pero ni los nuevos consiguen mucho mejores resultados. A Poe Dameron y Finn les veo un poco descafeinados, Rey pasa por un entrenamiento Jedi aún más breve que el de Luke en Dagobah y sin el beneficio del tiempo que éste pasó previamente con Ben. Al final, ¿qué podemos decir de todos ellos? Poe es impulsivo. Finn es un héroe cuando las circunstancias le fuerzan a serlo. Rey está desorientada y dispuesta a agarrarse a un clavo ardiendo si representa un poco de apoyo. A todos les falta un poco más de peso.
Todo esto me desconcierta.

Sin embargo, una vez he dejado que fluya el desconcierto, llega el momento del deleite. Sí, me ha molestado tanto esquema repetido. Sí, no me gusta que me vendan más de lo mismo cuando podrían darme algo nuevo. Sí, sé que suele decirse que los frikis no queremos nada nuevo: queremos lo mismo con otro maquillaje. Sí, entiendo que ahí donde leímos "nueva trilogía" quizá deberíamos haber leído "nueva era", porque lo que se intuye que introducen estos remakes encubiertos es un verdadero universo expandido que vendrá después del episodio IX.Todo cierto.
Pero... Es Star Wars.

Y qué impresionante ha sido el comienzo, con la batalla contra los destructores imperiales. Qué buenas las escenas con los bombarderos y X-Wings. ¿Verdad? Héroes muriendo para destruir la arma enemiga. Héroes haciendo lo imposible en pos de un ideal.
La parte más interesante de la trama transcurre - para mí - en la isla con Luke y sus tres lecciones. Allí aprendemos una verdad fundamental: no todo es blanco o negro. No es tan fácil como la dualidad entre Sith y Jedi, Imperio y República, como también nos recordará un contrabandista menos heroico que Solo. La Fuerza, en realidad, es gris, como lo es la existencia misma. Luke, el gran héroe, acaba admitiendo su momento de duda: matar o no matar a su sobrino; y el coste que acabará teniendo este breve instante. Ni siquiera Luke es el caballero perfecto, ni lo puede ser Rey. Ni Kylo es el villano supremo que era Vader. Introducir esta ambiguedad es uno de los grandes aciertos de la nueva trilogía. Luke viene a decir que la galaxia no necesita a los Jedis, pero la trama le contradice... porque la película la ganan los Jedi y los Sith, no los muggles: esto no es Rogue One.
Y ¡Qué grande el cameo de Yoda! no lo esperaba: y quizás debería, porque Yoda es uno con la fuerza... y la fuerza está en todas partes. Y este Yoda no es el del Lucas más trasnochado. Es el Yoda de Frank Oz, el Yoda de Dagobah, no la saltarina rana gustavo de las precuelas. Es el maestro de maestros, sabio, jocoso e irreverente, el Yoda que amamos, que ha vuelto para dar una última lección a su último aprendiz.

Para mi el resto de grandes momentos también tienen que ver con la fuerza y sus usuarios; Leia, expulsada por una explosión al vacío del espacio, vuelve a la nave por su propia cuenta. Nos recuerda que aunque no Jedi, es una Skywalker; y la fuerza es intensa en ella. Es una escena de gran belleza. Y para belleza la forma que escoge RD-D2 para recordarle a Luke quien és. O las escenas con el Líder Supremo Snoke. Sí, critico las formas: pero si obviamos la repetición, ¡qué bien queda! Qué cruel, qué manipulador: que bien jugado unir a Kylo y Rey para hacer del primero un anzuelo a la piedad de la segunda. Qué dominio de la fuerza manejando a los chicos, enseñando (de un modo distinto pero análogo al de Yoda) que los viejos maestros aún son los amos. Su muerte incluso me parece bien construida; mejor que la de Palpatine si cabe. Siempre me pareció que lo de quedarse tieso y seguir soltando rayos mientras te cogen en volandas y te tiran por un pozo era un poco raro. Y todo en este escenario, la habitación roja, tan cool.
La dualidad entre Kylo y Rey también está muy bien. Ambos son más grises de lo que pueda parecer a simple vista. No estaba seguro hasta el final de si Kylo - que por desgracia se parece más a su abuelo Anakin que al álter ego de éste, Vader - acabaría por cambiar de bando. Para mi no habría sido una mala solución - y de hecho, una de más interesante - que la resolución a la tentación de Snoke hubiera sido muy distinta: Rey aceptando convertirse al lado oscuro, Snoke deshechando (quizás hiriendo) a Kylo, y Kylo redimiéndose al lado de Luke.




No nos olvidemos del alivio cómico. Sí, me han gustado los Porgs. Sí, compraré un muñeco Porg, igual que compré (varios) de BB-8. El pequeño Droide una vez más se lleva su parte de protagonismo de un modo no excesivamente forzado. En su momento ni siquiera me disgustaron los Ewoks, qué puedo decir... (aunque Jar Jar ni mencionarlo).

El nivel épico, que en la parte central de la peli perdemos de vista, vuelve y de qué manera con el enfrentamiento ante la mina. Estas estelas rojas sobre campo blanco, Finn y Rose sobre montones de chatarra cargando contra los AT-AT, Finn decidido a sacrificarse. Y el gran momento, Luke: se despide de su hermana en una escena de gran emoción y se planta ante el enemigo. Y Kylo pierde - otra vez - los estribos. ¡Disparadle con todo! y Luke sale indemne.
Es Luke, al fin y al cabo. Es una leyenda. No se puede destruir una leyenda. Y esta es su gran contribución a la causa. Simplemente apareciendo, revive la ilusión y reaviva la llama de una futura generación en la galaxia.
Y cuando Kylo baja y comprende el engaño, la táctica ilusoria Jedi con la que Luke ha comprado el tiempo suficiente para que los demás abandonen la base, ya es tarde: Ren está humillado, los rebeldes han recuperado la fe. Luke se hace uno con la fuerza... y con la rebelión.
En un planeta lejano un niño mira a las estrellas. Y sueña. Sueña con Luke y su espada. Sueña con la libertad. Sueña con ver otros mundos y conocer otras gentes. En luchar contra la injustícia. Y empuña una escoba, cual espada láser. No lo sabe, pero también forma parte de esta historia. Igual que formamos parte todos. 

Y esta es al fin y al cabo la grandeza de Star Wars.



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domingo, 1 de octubre de 2017

1 de Octubre de 2017

Miles de Catalanes velan los colegios electorales durante toda la noche. Se han organizado actividades para matar el rato; el cliché del "ambiente festivo" vuelve, una vez más, a dar en el clavo. Algunos duermen un rato, otros charlan hasta el amanecer: a las nueve empezarán las votaciones.
Pero a las nueve llega la policía de España. Dice que viene con la ley de su parte. La ley. ¿Cuántas veces se ha usado para azotar al pueblo? esta es una más. Pero es que ni siquiera su aplicación está clara: sobre la legalidad del despliegue de los antidisturbios en todo el territorio Catalán pesa la sombra de la duda. El Fiscal General - el mismo que decía "tener que contenerse para no infringir la ley" en relación al "problema Catalán" - actuando al servicio del Gobierno, sobrepasa sus funciones: varios jueces se apuntan al carro demostrando una vez más (como si hiciera falta) que, en España, la separación de poderes no existe. El PP vacía España de guardia civil, envía miles de efectivos y los hacina en el puerto para que coven la mala leche que sus amos necesitarán de ellos. 
A las nueve la policía llega para llevarse las urnas y secuestrar los votos; pero topa con la resistencia pacífica de los votantes. Y carga. ¿En qué mente cabe que cargar contra manifestantes sentados, enseñando las manos y llamando al voto es una respuesta proporcionada y justa? Solo en la de un psicópata.
Solo en la del Gobierno Español. Solo en la de sus palmeros. Solo en la de los más ciegos, los más sordos; los que comen palomitas mientras ciudadanos pacíficos son arrollados por la brutalidad. Los que dicen - Soraya, Millo, Ros - que solo "Se han tomado acciones contra el material electoral, nunca las personas" con una desfachatez que no es de este mundo.
Pronto se desata el caos. Me llaman mis amigos desde otros colegios; éste ha visto cómo aporreaban a una chica. Otro ha visto como tiraban al suelo una anciana. Dicen que le han roto los dedos a una tercera. Tiran a gente por las escaleras. Rompen los cristales. Destrozan las puertas. Secuestran las urnas. Todo en nombre de la ley del Reino de España. Con la eficiencia implacable de un verdugo, sin moral ni consciencia.

Fuera, en las calles, resuenan los disparos; están usando balas de goma. Prohibidas en Catalunya, pero la Ley que esgrimen se lo permite. En Plaza Catalunya, los ultras campan a sus anchas, pegan a un chico que llevaba una estelada. Allí no se ve a la policía. Pero el terror no vence. En las calles seguimos estando nosotros. Seguimos delante de los colegios. Si no lo hemos hecho ya, seguimos buscando votar. El terror, que es lo único que este estado puede ofrecer, no puede vencer la democrácia. Y por mucho que la maquillen los interesados, su base es la voluntad popular: la voluntad de votar. Es por eso que hoy no caben las medias tintas. No hay espacio para los matices. Hoy el pueblo es en blanco y negro. Por un lado, quien condena esto de la forma más absoluta, sin el mínimo resquicio o desvío de culpas. Por el otro, el resto. Esta es la fractura social que tanto anunciaban: ya la tienen aquí.
Mientrastanto, el mundo - con los ojos de los observadores internacionales invitados, o a través de los vídeos que pronto llegan a la red - observa. Callará, probablemente. Pero pase lo que pase, acabe como acabe, al final del día sabremos algo con absoluta certidumbre. Hoy ha muerto España. Ya no hay vínculo alguno que nos una. Ninguno. La "Una, grande, libre" que defienden, gritando con sus banderas del aguilucho ha perdido su esquina norte, y aún no lo sabe. Pero aquí nos ha quedado claro. Porque este día no se olvidará, nunca.