miércoles, 3 de agosto de 2016

"Toda la culpa es de la Piratería" - Mala praxis editorial y literatura fantástica: una opinión

Al final Ulises llegó a Ítaca.
El trayecto fue largo y cargado de peligros. Hubo momentos en los que todo parecía perdido: su ingenio y previsión le salvó del hambre del cíclope y la perversidad de Circe. Pasó entre Escila y Caribdis. Disfrutamos, reflexionamos y reímos con sus aventuras. Pero al final Ulises llegó a Ítaca; tensando el arco nuestro héroe venció a los rivales, se reunió con esposa e hijo... y la aventura tocó su fin.

Para los lectores de literatura fantástica nuestras lecturas se vienen convirtiendo – desde hace demasiado tiempo – en un devaneo que nunca llega a puerto.
Es el viaje lo que cuenta, dicen; hay que disfrutar del trayecto. Y es así. De “El Señor de los Anillos” cerrando los ojos podemos rememorar infinidad de momentos épicos, muchos de los cuales ni siquiera tuvieron una incidencia directa en la resolución de la trama. ¿Y Canción de hielo y fuego? No ha terminado aún: pero aquí estamos, medio mundo atrapado en sus retorcidas y violentas tramas. Pero en un caso y en el otro lo que esperamos es poder llegar al momento en que cerraremos el último libro, emocionados (o enfadados, o decepcionados), lo colocaremos en la estantería e iremos a por otra cosa. Porque por mucho que disfrutemos leyéndolas, las historias necesitan un final, llegar a alguna parte. El final es lo que espolea nuestro interés; todas las tramas que se tienden ante nosotros y que despiertan la imaginación y los sentidos forman parte de la historia porque contribuyen a crear lo que en un momento dado será una pintura completa, tras la última página; y solo entonces, ante el final, podremos apreciarla en su totalidad.

El final es importante, y aunque a veces se intenta, no creo que eso se pueda discutir. ¿Qué pasa entonces cuando nos privan de él?
Nada: no pasa nada. Hemos disfrutado del trayecto. Si Timun Mas hubiera publicado la Odisea, Ulises podría haberse hundido con toda su tripulación dos semanas después de salir de Troya, pero oye, habrían sido dos semanas intensas. O podría haber llegado a casa en estas dos semanas para encontrar a Penélope casada con Aquiles reencarnado: solo podríamos especular, porque seguramente la editorial la habría cancelado. 
El autor – dicen – no es una puta al servicio de sus lectores. Ni los lectores (yo añadiría) mendigos en espera de su dádiva. La relación entre ambos es o debería ser de retroalimentación. El escritor es un artista de las letras pero del arte en sí no se vive: hay que venderlo. Y el cliente paga en tiempo y en dinero, y compra el derecho a leer la historia y a la vez debería ganarse un cierto respeto, el que se presupone que en todas las demás transacciones comerciales obtiene. Porque la historia, si de lo que hablamos es de una saga, no está completa hasta que llega a su fin: y como elemento incompleto, está cojo, deficiente, defectuoso. Y en otros campos de la industria cuando algo está defectuoso se cambia. Pero no hablemos del autor: en la mayoría de casos no es el problema en absoluto. Coincidiremos en que aunque todos ansiemos más de aquello que nos apasiona y como todo sentimiento visceral lo expresemos con virulencia, debemos tener paciencia: el autor cumplirá. Quien quizás no lo haga es la editorial. La empresa: esta entidad que, decíamos, en otros campos de la industria se responsabiliza ante un producto defectuoso, incompleto o deficiente.

Aquí no, porque vivimos en el feliz mundo de la contradicción entre "es demasiado cultural para ser un producto comercial, y demasiado producto comercial para tratarlo como un verdadero bien cultural". Uno puede gastarse 200€ en diez libros de (por poner un ejemplo de actualidad) las sagas de Malaz y encontrarse con que no hay final: que la editorial ha quebrado (y hablaremos de esta quiebra). En ejemplos menos sangrantes, te puedes gastar 50€ en dos tomos de “Los caballeros Bastardos” para descubrir, tiempo después, que no habrá tercero: la editorial ha decidido que no es rentable. ¿Gastaríamos este dinero si supiéramos de antemano que la saga nunca se completará? Y no todo es el dinero: hay una implicación emocional que queda igualmente insatisfecha.
Aparentemente, lamentarse por ello es poco realista; o, incluso, implica reivindicar un derecho que en realidad no se posee. Ciertamente, ningún contrato afirma que cuando compramos “Príncipe del Mal”, primer tomo de una trilogía (aunque no se identifique como tal, algo de lo que hablaremos enseguida), estamos comprando de hecho la introducción a algo mayor, el primer plazo de lo que esperamos completar algún día. Ningún contrato lo afirma y quizás debería, porque la afirmación solo va implícita e implica buena voluntad por parte de la editorial y jamás ¡jamás! Hay que confiar en la buena voluntad de una empresa si hay dinero de por medio. Desafío a cualquiera que trivialice esta situación a aceptar una análoga en otros campos, en otros mercados fuera del de la cultura.

Hemos llegado a un punto que de puro absurdo parece una mala sátira. Ningún lector de género fantástico residente en España o lector en Español tiene la certeza, que parece tan elemental, de que el libro que acaba de comprar como “primer tomo” de algo llevará a alguna parte. Y estando así la cosa, la reacción más lógica es simplemente dejar de comprar: porque una vez jode, dos jode más, y tres te hace sentir idiota. Y si yo fuera una persona con algo más de voluntad, esta sería mi respuesta, dejar de comprar. Porque esta situación es lamentable: y degenera, e irá a peor. La editorial – igual que la discográfica o la productora – se llena la boca con conceptos como “piratería” para excusar sus propios males endémicos: y es que entre otras cosas la mayoría simplemente se niega a aceptar que vivimos en el siglo XXI. Muchas sagas que se califican como “no rentables” quizás lo habrían sido si no fuera porque su edición en ebook (eso cuando la hay) se paga a precio de libro impreso. Y la edición impresa, a precio de cuerno de unicornio. Y qué edición impresa. Portadas horteras con la caratula de la adaptación cinematográfica, porque esto es lo único que a la editorial se le ocurre para llamar la atención sobre su libro: y así llegamos a situaciones risibles como la portada de cierta edición de “Los viajes de Tuf”, ciencia ficción pura y dura, que como es obra de George R. R. Martin muestra a un caballero en armadura, espada en ristre. Esto de parte de una de las editoriales más importantes del país. Viéndolo cuesta creer que alguien se tome en serio la literatura de género - o peor, los lectores -, los primeros los propios editores.

Tiene retirada a un Cylon, pero es un caballero medieval.


Pero sigamos hablando de mala praxis. Volvamos por ejemplo al caso de "Príncipe del mal" de Mark Lawrenceprimera parte de una trilogía aunque en ninguna parte se indique así. De hecho, parece todo lo contrario: "Príncipe del mal" es "Un libro realmente impresionante. Oscuro e implacable [...]" o "el mejor libro que he leído en todo el año" o "Esta novela es como una puñalada. Una fantástica historia de venganza [...]" según las citas de Robin Hobb, Peter V. Brett y Rovert V.S. Redick que figuran en la contraportada. Todo parece sugerir que se trata de un único tomo: una novela cerrada. Y así, cuando el lector llega al final y queda claro que no es el caso, la decepción al cancelarse la saga es aún mucho mayor. Hemos picado el anzuelo; el libro ya está vendido y nada más importa. Y no es el único caso. "Los cien mil reinos" era el primer tomo de la "Inheritance trilogy" de N.K. Jemisin; esta condición de introducción a una trilogía no constaba en ninguna parte. Ni constaba en el segundo tomo, "Los reinos rotos"; ni habría constado en el tercero, "The kingdom of gods", de haberlo editado Minotauro en lugar de cancelar la saga a un tomo de terminarla. Claro que como nunca la identificó como saga a lo mejor nadie se daba cuenta. No se puede justificar esta política: creo que todos estaremos de acuerdo en que como consumidores tenemos el derecho a saber qué estamos comprando exactamente, y saberlo por parte de la empresa sin necesitar consultarlo en internet. Desde luego la editorial sabe exactamente lo que está vendiendo. Cuando Minotauro editó en 2011 el primer tomo de la trilogía de Jemisin (que por cierto ganó el Locus aquel año) la saga ya estaba terminada; ya sabía que se trataba de una saga y aún así eligió venderlo como si de un stand alone se tratara. Decíamos que ningún lector Español tiene la certeza de que lo que acaba de comprar como "primer tomo" llevará a alguna parte, pero la realidad es peor: el lector Español puede incluso comprar un primer tomo sin saber que hay más.
A un nivel un poco más sutil está este tipo de publicidad engañosa que supone anunciar en letras enormes un nombre prestigioso en la portada, como si del autor se tratara; un vistazo más detallado revela que se trata tan solo del antólogo, o de quien, quizás, ha apadrinado el libro. Podemos aceptar como natural y necesario que la empresa recurra a trucos publicitarios para vender su producto: pero uno no puede evitar sentirse un poco imbécil a los ojos de la editorial si los trucos a los que ésta recurre son tan burdos. Deshonesto como poco, y una falta de respeto.

Algunos ejemplos sangrantes


Quizás la saga, el libro “no rentable” lo habría sido si el concepto de “publicidad” (la de verdad, adaptada al mundo online) penetrara un poco en el mundo editorial. En el mundo editorial – en el español por lo menos – tal concepto no existe. Sí, dejamos a parte de esta generalización a un puñado de editoriales pequeñas: arriesgan mucho más, luego también se implican más. Excepto en sus webs, que la mayoría parecen datar de principios de los noventa. Pero para las grandes parece ser un tema casi mecánico: comprar un producto que se desconoce (como prueban desastres como la portada de “Los viajes de Tuf” que comentaba antes), que no se entiende ni se sabe qué hacer con él. ¿Es “Fantasía”? Pues se etiqueta como tal, se destina al rincón designado en las estanterías de los supermercados del libro y se le abandona para que compita con otras tantas novedades. Allí languidecen por igual las meritorias y las que no lo son. ¿Quién ha leído, de una fuente oficial – y no de una página de reseñas amateur – una valoración detallada de las virtudes de tal o cual libro? ¿Quien ha visto destacadas de algún modo las razones por las que “Dilvish el maldito”, que editó La Factoría hace unos años, es una compra imprescindible? Nadie: y Dilvish languidece en las secciones de saldo casi desde su salida y hasta que se agote. 
Otras veces el drama funciona de otra forma; ante el éxito de la fantasía en el cine y la televisión, algún editor decide que "está de moda" e invierte en exceso en una colección de títulos de alta calidad que el mercado no tiene tiempo de absorber. Véase el caso de RBA y su línea de literatura fantástica, algunas de cuyas sagas (Bobby Dollar, La daga y la moneda) siguen a día de hoy abandonadas. Aquella fue una iniciativa muy ambiciosa y, aunque desconozco los motivos exactos del cierre de la colección, los puedo imaginar. Exceso de entusiasmo muy mal planeado que difícilmente podía dar beneficios. Al lector lo que le ha dado es pérdidas: inversión en un primer tomo de algo que no verá completado. 

Si juntamos todo este cúmulo de despropósitos, entre los materiales – precios excesivos, mala o nula publicidad, ignorar los avances de la tecnología, malas ediciones, malas traducciones – y los inmateriales – pérdida de confianza paulatina con tal o cual editor tras una mala praxis acerca de todo lo anterior o simplemente por haber cancelado demasiadas de las sagas que seguíamos – obtenemos una respuesta a por qué algunas sagas no venden. Es la propia editorial quien las mata, las condena a fracasar. Libros como los de Dungeons & Dragons en el mundo anglosajón se venden como churros y a precio de churro, unos 7€ el tomo. Ediciones tremendamente baratas, mal papel y mala encuadernación como corresponde a una literatura de consumo rápido. Y vende. Aquí se edita en tomos tapa dura a más de veinte euros, cargados de fallos de traducción - y enfatizo lo de la traducción; hay muchos errores en estos libros, y muchas faltas de concordancia entre el modo como en un tomo y otro se traduce un mismo termino original -  y no vende (sorpresa): será que la saga es mala, cancelémosla. O Malaz, otra vez: la primera edición, hace años, fue la de Timun Mas; se dividió el primer tomo (el más breve de la saga, por cierto) en dos volúmenes para recaudar el doble. No se publicitó especialmente. No vendió. ¿Respuesta de Timun Mas? La saga no funciona: cancelada. No nos engañemos: estas editoriales matan, ni más ni menos, estas sagas con sus políticas. Al final, solo venderán las que vayan acompañadas de una producción de Hollywood, Netflix o la HBO, quienes sí saben vender un producto. Solo las que se arrastren tras la estela de la adaptación televisiva triunfarán. Y así se explica la reedición de una de las sagas que por su candidez, falta de originalidad y escaso nivel literario se ha ganado el honor de constar entre las peor consideradas en el mundillo: "Las crónicas de Shannara", que ahora vive una segunda juventud gracias a la reciente adaptación de la MTV.

Y el mundo seguirá girando, y las sagas, seguirán siendo canceladas. Y los lectores decepcionados recurrirán a descargas legítimas pero ilegales. O se pasarán a leer en inglés. O abandonarán – el peor resultado posible – la literatura. Mientrastanto la editorial seguirá imperturbable.

Y esto es lo más triste. Imperturbable. Porque de hecho, hay soluciones: o por lo menos hay posibles soluciones. Vivimos en la era del crowdfunding. Cada semana autores independientes o empresas pequeñas recurren a ello para poder editar su nuevo juego de mesa, su videojuego, su colección de miniaturas. Cuando “Reaper Miniatures” (empresa veterana en la fabricación de miniaturas para juegos de rol) decidió ofrecer parte de su catálogo en otro material más barato y por tanto asequible montó un Kickstarter. El resultado fue desbordante; la compañía pedía treinta mil dólares para adquirir la maquinaria necesaria y empezar a producir la nueva línea de miniaturas: obtuvo nada menos que tres millones. “Exploding Kittens”, un juego de cartas extremadamente sencillo que contaba con la participación de Matthew Inman (de Oatmeal) pedía diez mil dólares para poder salir al mercado. Obtuvo ocho millones. Ejemplos tan extremos obviamente no se darán en el caso que nos ocupa: pero son una muestra de que a veces soluciones alternativas al modo como siempre se han hecho las cosas pueden ser una buena idea. A veces es tan simple como dejar de escudarse en la excusa barata de que lo queremos todo gratis y preocuparse de buscar un modo de ayudarnos mutuamente. Y no hay que irnos al extremo del crowdfunding; algunas editoriales han probado a editar con un sistema de subscripciones que al parecer ha funcionado bastante bien. La cosa, al final, trata tan solo de hacer algo tan elemental como respetar al lector: si hay un problema, si no se vende lo suficiente, que se exponga. Que se hable. Que se abra un debate. Que se vea si suficientes lectores estarían dispuestos a pagar un poco más o a recibir el libro, si no impreso, por lo menos en formato digital. A veces, si hablamos de sagas abiertas, no será posible o no lo será inmediatamente. Pero en casos como Malaz, cuya saga central terminó en 2011 la cosa debería ser más fácil. Debería haber espacio para la solución dialogada que permitiera la edición de los tres (¡tres!) tomos que nos faltan.
Hacer lo contrario, la respuesta uniltareral de la cancelación solo sirve para que antagonicemos aún más al editor, y con mucha razón. 
En este sentido La Factoría de Ideas se lleva la palma: pocas editoriales ha habido, de entre las que viven directamente del mercado friki, que usara tan mal sus cartas. Pocas que gozaran de un catálogo tan enorme y lo dejaran perder completamente. Todo la condenaba al desastre: nula comunicación con los fans (cero interacción en foros y sitios especializados), saldos continuos (que predisponían en contra de comprar una novedad a 20€ que en medio año encontrarías a 2€), errores de lógica (la publicación de "Malaz: el libro de los caídos" y "Malaz: el imperio" intercaladas de forma no cronológica), malas traducciones y excesiva cantidad de novedades que no se anunciaban, ni se destacaban en su singularidad. Su historia era la crónica de una muerte anunciada: se veía a venir desde hace años. 

¿Alguna vez lo veremos en Español?

Si no se emprende este camino, el resultado no lo sé prever: pero sé que cada vez somos más los que estamos hasta las narices. Y el “El mundo editorial es más complejo de lo que pensáis” o el “La editorial es una empresa” o, como he leído recientemente, “la editorial no es vuestra puta” no nos sirve. 
Estamos cansados de que se diga que cada vez se lee menos. Estamos aburridos de oír hablar de la piratería y de las pérdidas megamillonarias que genera. Hastiados de darnos de cabeza contra el muro del departamento de relaciones públicas de las editoriales, del que ni se sabe ni se le espera. Estamos hartos, por encima de todo, de que corten nuestras sagas favoritas “porque no venden” y de que se nos trate de estúpidos o ingenuos (o peor: pesados) por no entenderlo. Por no entender que aquí se corte lo que fuera triunfa y se nos diga que la culpa es nuestra. La arrogancia de la editorial - implícita, al no dar explicaciones o explícita, al darnos la culpa de sus propios fallos - es algo que nos agota. Y el decir que este es un tema trivial o indigno de respuesta es un insulto, la prueba definitiva de que no se toman en serio lo que ellos mismos publican. La tensión crece: los cadáveres (metafóricos de momento) se acumulan en las cunetas. Ayer fue Lynch y Abraham. Hoy es Malaz. Mañana ¿cual? La respuesta: cualquiera. Nadie puede, en el mercado Español de la literatura de género, tener absolutamente ninguna certeza de que está invirtiendo su tiempo y su dinero en algo que podrá terminar. ¿Terminará la saga de Harry Dresden? probablemente no. ¿Lo hará la de Bobby Dollar, de Tad Williams, que RBA inició con "Las sucias calles del cielo"? Poco probable. Nada parece ser una apuesta segura: "Los cien mil reinos" ganó el Locus. La tercera entrega de la de Lawrence ganó el David Gemmell Legend: canceladas. 
De hecho, en este mercado Español donde nos movemos la única actitud sana respecto a la editorial es la de suma desconfianza. Cuando pesquemos un tomo de la estantería, tendremos de comprobar si se trata de un primer volumen o una novela completa; comprobarlo en la wikipedia, porque de la portada no nos podemos fiar, ni siquiera para identificar el género: ¿fantasía? ¿CF? Cual era "Los viajes de Tuf" editada por Planeta?. ¡Y que ni se nos ocurra quejarnos! si lo hacemos por la vía oficial, o no obtendremos respuesta o solo falsedades. O medias verdades. Si lo hacemos a través de la web, alguien vendrá a decirnos que las editoriales no son nuestra puta.
Y por favor, que nadie venga con que esto es una práctica habitual desde hace años, como si de una justificación valida se tratara. Es cierto que la cancelación es una lacra añeja: ahí está en mis estanterías "En un caballo blanco", original y divertida primera entrega de ocho, cuyas continuaciones nunca fueron traducidas, o los tres primeros tomos (de siete) de la saga "Nightrunners" de Lynn Flewelling, o los ocho primeros de "Deathstalker", que en realidad son cuatro tomos en inglés que Timun dividió en dos y después dejó de publicar el resto... Estaba mal entonces y lo está ahora. Solo que ahora es aún más injusto, habiendo como decíamos más posibilidades para el diálogo y la búsqueda de soluciones.

Pero esto no pasará. Se hará lo de siempre. Y picaremos una vez más. Porque en el fondo es culpa nuestra: nadie nos obliga a seguir comprando a quien nos ha estafado una, dos, tres veces. La editorial no es nuestra puta. Lo que nos vende, cada vez vale menos y cuesta más: la editorial es nuestro camello. Y así seguirá hasta que alguien diga basta. 

Seguidme en Twitter en @Nyarla7



0 comentarios:

Publicar un comentario